En una tarde de verano, cuando el sol aún se aferraba al cielo y el calor se colaba por las rendijas de las persianas polvorientas, la calma de la comisaría se quebró con un sobresalto.
Un robo a un banco a plena luz del día, ejecutado con una audacia que desafiaba toda lógica, había dejado a los agentes atónitos, como si el ladrón hubiera burlado no solo las alarmas, sino las reglas mismas de la realidad.
El aire dentro del edificio estaba cargado de un olor acre a café quemado, que rezumaba de una cafetera olvidada, mezclado con el aroma rancio de carpetas apiladas y un leve rastro de limpiador que no lograba disimular el desgaste de las paredes. El ventilador zumbaba débilmente en una esquina, agitando el polvo en remolinos lentos, mientras el suelo crujía bajo el peso de pasos agotados.
El subinspector Julián López, un hombre de 55 años con el cabello gris peinado hacia atrás y ojos castaños que parecían perforar la penumbra, estaba frente a un testigo clave. Esos ojos, hundidos bajo cejas pobladas, reflejaban un cansancio tallado por años de servicio; su rostro, surcado de arrugas, era un testimonio de noches en vela y casos sin cerrar. Vestía un traje oscuro algo desaliñado, con una corbata azul que colgaba floja, como si también estuviera rendida.
López era un veterano respetado, conocido por su paciencia casi estoica y una meticulosidad que lo había hecho una figura silenciosa pero imponente entre sus colegas. Se ajustó la corbata con un movimiento instintivo, tomó asiento en una silla de metal que chirrió bajo su peso y clavó la mirada en el testigo, listo para desenterrar la verdad con la precisión de un arqueólogo.
El testigo, un hombre corriente con una chaqueta gastada que le quedaba grande y manos inquietas que no encontraban reposo, había cruzado caminos con el sospechoso, un detalle que lo convertía en el eje de un rompecabezas aún informe.
Bajo la luz mortecina de una lámpara colgante, su rostro pálido brillaba con gotas de sudor que resbalaban como cuentas de cristal.
López lo observó en silencio, notando cómo sus dedos tamborileaban sobre la mesa rayada, como si intentaran huir de la presión. El subinspector sabía que la clave estaba escondida en los recovecos de la memoria, en fragmentos que parecían triviales, y estaba decidido a excavar hasta dar con ellos.
Con voz calma pero firme, dio inicio al interrogatorio, persiguiendo el hilo que lo guiara al autor del robo.
El cuarto era un cubículo opresivo, con paredes cenicientas agrietadas y una ventana alta que dejaba entrar apenas un hilo de luz polvorienta. El aire, denso y húmedo, se pegaba a la piel, y el tic-tac de un reloj de pared, con su esfera amarillenta y agujas torcidas, resonaba como un latido implacable.
El testigo, atrapado entre la bruma de su mente y la urgencia de la justicia, luchaba por dar forma a sus recuerdos. Sus ojos se perdían en las manchas del techo, y cada palabra que pronunciaba parecía un esfuerzo físico, como si la arrancara de un lugar profundo y oscuro.
Para López, cada gesto —un parpadeo nervioso, un suspiro entrecortado— era una pista en un caso donde la identidad del ladrón se deslizaba como arena entre los dedos.
Sobre la mesa, una hoja en blanco aguardaba junto a un bolígrafo mordisqueado. Las manos de López, ásperas y marcadas por el tiempo, sostenían el papel con una firmeza que contrastaba con la fragilidad del momento.
El tiempo corría en su contra, y la precisión sería su única arma para dar con el delincuente. La tensión flotaba en el aire, un hilo invisible que vibraba entre el oficial y el testigo.
El interrogatorio se transformó en un juego delicado, un vaivén de preguntas afiladas y respuestas vacilantes que, lejos de aclarar nada, enredaban aún más el caos.
—Señor —dijo López, su voz grave cortando el silencio—, el hombre robó un banco hace unas horas. Tengo dos testigos que aseguran que lo saludó a usted de forma amable, con una sonrisa. Habló unos segundos, como si se presentara, y luego se alejó como si nada. ¿Y usted me dice que no lo conoce, que no está seguro o que no lo recuerda?
Vamos a ordenar esto, porque hace 20 minutos que miro esta hoja en blanco y solo tengo sus datos.
Describa a esa persona. Concéntrese.
El testigo se pasó una mano por la frente, dejando un rastro húmedo. Sus dedos temblaron ligeramente al apartarse, como si el esfuerzo de recordar lo agotara.
—Creo que era un hombre no muy alto. Llevaba un pantalón claro, un saco gris, una polera… un bombín, barba y… era calvo.
López alzó una ceja, inclinándose hacia adelante. El crujir de su silla resonó en el cuarto, un eco breve que subrayó la pausa.
—¿Y notó algo raro cuando se quitó el sombrero para saludarlo?
—No, no —respondió el testigo, frotándose las manos. Su mirada se desvió hacia la lámpara, como si la luz pudiera aclarar algo—. Nunca se quitó el sombrero, me dio la mano con una sonrisa enorme y me agarró el antebrazo con la otra, como si fuéramos viejos amigos. Dijo algo, no sé qué, y se fue caminando.
El ventilador zumbó más fuerte por un instante, como si quisiera llenar el silencio que dejó la respuesta.
—Entonces, nunca vio su cabeza sin el sombrero —insistió López, tamborileando el bolígrafo contra la mesa en un ritmo irregular.
El testigo frunció el ceño, dudando. Sus ojos recorrieron la mesa, deteniéndose en las marcas de la madera. —No… creo que no.
El bolígrafo se detuvo en seco, y López lo miró con un brillo afilado en los ojos. —Acaba de decir que era calvo —replicó, su tono afilándose como una hoja.
—Supuse que lo era —balbuceó el hombre, alzando los hombros. Su chaqueta se arrugó con el movimiento, un sonido apagado contra el tic-tac del reloj—. Pensé… ¿quién usa un bombín si no es calvo? No sé, me pareció lógico.
López dejó escapar un suspiro corto, casi un gruñido, y se recostó en la silla, que volvió a chirriar. Sus dedos apretaron el borde de la mesa por un segundo antes de soltarlo.
—Escuche, tengo dos testigos más, y sus versiones no cuadran. Uno dice que llevaba una gorra…
El testigo enderezó la espalda de golpe, un destello fugaz de alivio cruzando su rostro sudoroso. —Entonces no estaba tan lejos —interrumpió, su voz más alta de lo que pretendía.
—¡No hable cuando no le toca! —espetó López, golpeando la mesa con el bolígrafo. El impacto hizo que la hoja en blanco se deslizara un poco, y el eco rebotó contra las paredes—. Uno menciona una gorra, el otro jura que no llevaba nada en la cabeza. Ninguno dice que fuera calvo. Lo único que coincide es el saludo: amable, sonriente, casi ensayado. Por eso le pregunto, y necesito que piense: ¿quién era? ¿Lo conoce? ¿Algún detalle, un nombre, lo que sea?
—Espere, déjeme pensar —dijo el testigo, cerrando los ojos como si intentara atraparlo en su mente. Su respiración se aceleró, y una gota de sudor resbaló por su nariz—. Era… mediano, creo. El bombín era oscuro… o quizás una gorra. Y la barba, recortada, o no sé, tal vez más larga.
López entrecerró los ojos, inclinando la cabeza apenas. El bolígrafo volvió a tamborilear, más lento esta vez. —¿Mediano en altura? —preguntó—. Dijo ‘no muy alto’ hace un rato. ¿Y ahora es una gorra? ¿Qué pasó con el bombín?
—No sé, se me mezcla —replicó el testigo, abriendo los ojos de golpe. Sus manos se alzaron en un gesto de impotencia, y la lámpara osciló levemente sobre él—. Puede ser una gorra, gris, como el saco. Pero el saludo, eso sí: me miró a los ojos, sonrió como si me conociera y dijo algo corto.
López dejó el bolígrafo en suspenso, el extremo rozando la hoja sin escribir nada. —¿Qué dijo? —insistió, su voz baja pero cortante.
—Algo rápido —murmuró el testigo, bajando la mirada. Sus dedos se retorcieron sobre la mesa, dejando marcas húmedas—. ¿Nos vemos? ¿Buen día? No sé, pero su voz era tranquila, segura.
El subinspector frunció el ceño, y una sombra cruzó su rostro curtido. —¿Tranquila? —repitió—. ¿Un tipo que roba un banco y suena tranquilo? ¿Y la barba, recortada o larga? Démelo claro.
—No estoy seguro —respondió el testigo, frotándose la nuca. El roce de su mano contra la piel hizo un sonido áspero—. Creo que corta… o larga. O quizás no tenía barba. No, sí tenía, creo. Pero lo de la gorra… o el bombín, eso lo recuerdo.
—Estupendo —dijo López con sarcasmo, dejando el bolígrafo sobre la mesa. Este rodó un poco antes de detenerse contra la hoja—. Un hombre calvo con bombín, o gorra, o nada, y una barba que aparece y desaparece. ¿Algo más? ¿Un tatuaje, un acento, un lunar?
El testigo alzó las manos, como rindiéndose ante una fuerza invisible. —Quizás un acento —balbuceó—. No sé de dónde. Y los zapatos… negros, o marrones, creo. Trato de ayudarlo.
López se masajeó las sienes, y el gesto dejó pequeñas arrugas temporales en su piel. —Está haciendo un trabajo espectacular —gruñó—. El saludo: ¿cómo fue exactamente? ¿Qué hizo con las manos además de agarrarle el antebrazo?
—Fue cálido —dijo el testigo, mirando al vacío. Sus ojos se perdieron en la luz polvorienta que colgaba del techo—. Me dio la mano derecha, fuerte pero no agresivo, y con la izquierda me tomó el antebrazo, así —hizo un gesto torpe, sus manos temblando ligeramente—. Y esa sonrisa… grande, rara, como ensayada.
López arqueó una ceja, y la sombra de la lámpara oscureció un lado de su rostro. —¿Ensayada? —preguntó—. ¿Qué tenía de raro esa sonrisa? Explíqueme sin darme rodeos.
—Es que no sé —respondió el testigo, encogiéndose. Sus hombros se hundieron, y la chaqueta se arrugó aún más—. Era… demasiado perfecta. Y sus ojos, oscuros… o claros, me miró fijo y se fue.
López anotó “sonrisa rara” en la hoja, apretando el bolígrafo hasta que sus nudillos palidecieron. —Ojos inciertos, barba dudosa, sombrero o gorra o nada. ¿Y el saco gris? ¿Algo en los bolsillos, un gesto?
—Gris, sí —asintió el testigo. Su cabeza se ladeó, como si intentara alinear un recuerdo—. O azul oscuro. No vi bolsillos. Caminaba sin prisa, eso me llamó la atención.
El subinspector dejó escapar un resoplido, y el aire agitó ligeramente el polvo sobre la mesa. —¿Sin prisa después de robar un banco? —López lo miró con incredulidad—. ¿Y no le pareció raro en el momento?
—No sé —admitió el testigo, bajando la voz. Su mirada cayó al suelo, y el tic-tac del reloj pareció amplificarse—. Pensé que era amable. Pero ahora que lo pienso, era raro, sí.
El testigo se hundió en la silla, pasándose las manos por el rostro. El sudor dejó un brillo húmedo en sus palmas, y su respiración se volvió pesada. —No lo recuerdo. Es como si lo tuviera aquí —se golpeó la sien—, pero las palabras no salen. Intento pensar… un zapato, un pantalón, su camisa, algo…
López soltó un gruñido bajo, y sus ojos se estrecharon hasta convertirse en rendijas. —¡Me dijo que llevaba una polera hace dos minutos! —cortó, su paciencia al borde del colapso.
—Lo sé, lo sé —respondió el hombre, alzando las manos en rendición. Sus dedos temblaron en el aire, atrapados en la luz mortecina—. Pero lo único claro es el saludo. Esa sonrisa… y el apretón de manos.
López tuvo un destello, un pensamiento fugaz, una corazonada que le cruzó la mente como un relámpago. Sus dedos, que hasta ese momento habían jugueteado con el bolígrafo mordisqueado, se detuvieron.
Sacó del bolsillo interior de su traje una lapicera dorada, vieja pero brillante, y comenzó a girarla entre sus dedos con aire casual, dejándola destellar bajo la luz de la lámpara mientras la mostraba sutilmente al testigo.
—¿Y ese saco que menciona? —preguntó, su voz más baja, casi un murmullo—. ¿Tenía algo particular en el bolsillo, algo que le llame la atención?
El testigo parpadeó, sus ojos atrapados por el brillo de la lapicera dorada que danzaba entre los dedos de López. Su ceño se frunció, y por un instante pareció que algo se encendía en su mirada
. —Sí… sí, tenía una lapicera dorada —dijo, asintiendo lentamente, como si el recuerdo acabara de surgir de la niebla—. En el bolsillo del saco, estoy seguro.
López lo miró fijamente, sus ojos como brasas en la penumbra.
El silencio se alargó, roto solo por el tic-tac del reloj, que parecía marcar el pulso de su frustración.
Luego, soltó el bolígrafo, que rodó hasta el borde de la mesa, y se puso de pie, haciendo crujir el suelo bajo sus zapatos gastados.
—Esto va a tomar todo el día. No se mueva de aquí.
Un robo a un banco a plena luz del día, ejecutado con una audacia que desafiaba toda lógica, había dejado a los agentes atónitos, como si el ladrón hubiera burlado no solo las alarmas, sino las reglas mismas de la realidad.
El aire dentro del edificio estaba cargado de un olor acre a café quemado, que rezumaba de una cafetera olvidada, mezclado con el aroma rancio de carpetas apiladas y un leve rastro de limpiador que no lograba disimular el desgaste de las paredes. El ventilador zumbaba débilmente en una esquina, agitando el polvo en remolinos lentos, mientras el suelo crujía bajo el peso de pasos agotados.
El subinspector Julián López, un hombre de 55 años con el cabello gris peinado hacia atrás y ojos castaños que parecían perforar la penumbra, estaba frente a un testigo clave. Esos ojos, hundidos bajo cejas pobladas, reflejaban un cansancio tallado por años de servicio; su rostro, surcado de arrugas, era un testimonio de noches en vela y casos sin cerrar. Vestía un traje oscuro algo desaliñado, con una corbata azul que colgaba floja, como si también estuviera rendida.
López era un veterano respetado, conocido por su paciencia casi estoica y una meticulosidad que lo había hecho una figura silenciosa pero imponente entre sus colegas. Se ajustó la corbata con un movimiento instintivo, tomó asiento en una silla de metal que chirrió bajo su peso y clavó la mirada en el testigo, listo para desenterrar la verdad con la precisión de un arqueólogo.
El testigo, un hombre corriente con una chaqueta gastada que le quedaba grande y manos inquietas que no encontraban reposo, había cruzado caminos con el sospechoso, un detalle que lo convertía en el eje de un rompecabezas aún informe.
Bajo la luz mortecina de una lámpara colgante, su rostro pálido brillaba con gotas de sudor que resbalaban como cuentas de cristal.
López lo observó en silencio, notando cómo sus dedos tamborileaban sobre la mesa rayada, como si intentaran huir de la presión. El subinspector sabía que la clave estaba escondida en los recovecos de la memoria, en fragmentos que parecían triviales, y estaba decidido a excavar hasta dar con ellos.
Con voz calma pero firme, dio inicio al interrogatorio, persiguiendo el hilo que lo guiara al autor del robo.
El cuarto era un cubículo opresivo, con paredes cenicientas agrietadas y una ventana alta que dejaba entrar apenas un hilo de luz polvorienta. El aire, denso y húmedo, se pegaba a la piel, y el tic-tac de un reloj de pared, con su esfera amarillenta y agujas torcidas, resonaba como un latido implacable.
El testigo, atrapado entre la bruma de su mente y la urgencia de la justicia, luchaba por dar forma a sus recuerdos. Sus ojos se perdían en las manchas del techo, y cada palabra que pronunciaba parecía un esfuerzo físico, como si la arrancara de un lugar profundo y oscuro.
Para López, cada gesto —un parpadeo nervioso, un suspiro entrecortado— era una pista en un caso donde la identidad del ladrón se deslizaba como arena entre los dedos.
Sobre la mesa, una hoja en blanco aguardaba junto a un bolígrafo mordisqueado. Las manos de López, ásperas y marcadas por el tiempo, sostenían el papel con una firmeza que contrastaba con la fragilidad del momento.
El tiempo corría en su contra, y la precisión sería su única arma para dar con el delincuente. La tensión flotaba en el aire, un hilo invisible que vibraba entre el oficial y el testigo.
El interrogatorio se transformó en un juego delicado, un vaivén de preguntas afiladas y respuestas vacilantes que, lejos de aclarar nada, enredaban aún más el caos.
—Señor —dijo López, su voz grave cortando el silencio—, el hombre robó un banco hace unas horas. Tengo dos testigos que aseguran que lo saludó a usted de forma amable, con una sonrisa. Habló unos segundos, como si se presentara, y luego se alejó como si nada. ¿Y usted me dice que no lo conoce, que no está seguro o que no lo recuerda?
Vamos a ordenar esto, porque hace 20 minutos que miro esta hoja en blanco y solo tengo sus datos.
Describa a esa persona. Concéntrese.
El testigo se pasó una mano por la frente, dejando un rastro húmedo. Sus dedos temblaron ligeramente al apartarse, como si el esfuerzo de recordar lo agotara.
—Creo que era un hombre no muy alto. Llevaba un pantalón claro, un saco gris, una polera… un bombín, barba y… era calvo.
López alzó una ceja, inclinándose hacia adelante. El crujir de su silla resonó en el cuarto, un eco breve que subrayó la pausa.
—¿Y notó algo raro cuando se quitó el sombrero para saludarlo?
—No, no —respondió el testigo, frotándose las manos. Su mirada se desvió hacia la lámpara, como si la luz pudiera aclarar algo—. Nunca se quitó el sombrero, me dio la mano con una sonrisa enorme y me agarró el antebrazo con la otra, como si fuéramos viejos amigos. Dijo algo, no sé qué, y se fue caminando.
El ventilador zumbó más fuerte por un instante, como si quisiera llenar el silencio que dejó la respuesta.
—Entonces, nunca vio su cabeza sin el sombrero —insistió López, tamborileando el bolígrafo contra la mesa en un ritmo irregular.
El testigo frunció el ceño, dudando. Sus ojos recorrieron la mesa, deteniéndose en las marcas de la madera. —No… creo que no.
El bolígrafo se detuvo en seco, y López lo miró con un brillo afilado en los ojos. —Acaba de decir que era calvo —replicó, su tono afilándose como una hoja.
—Supuse que lo era —balbuceó el hombre, alzando los hombros. Su chaqueta se arrugó con el movimiento, un sonido apagado contra el tic-tac del reloj—. Pensé… ¿quién usa un bombín si no es calvo? No sé, me pareció lógico.
López dejó escapar un suspiro corto, casi un gruñido, y se recostó en la silla, que volvió a chirriar. Sus dedos apretaron el borde de la mesa por un segundo antes de soltarlo.
—Escuche, tengo dos testigos más, y sus versiones no cuadran. Uno dice que llevaba una gorra…
El testigo enderezó la espalda de golpe, un destello fugaz de alivio cruzando su rostro sudoroso. —Entonces no estaba tan lejos —interrumpió, su voz más alta de lo que pretendía.
—¡No hable cuando no le toca! —espetó López, golpeando la mesa con el bolígrafo. El impacto hizo que la hoja en blanco se deslizara un poco, y el eco rebotó contra las paredes—. Uno menciona una gorra, el otro jura que no llevaba nada en la cabeza. Ninguno dice que fuera calvo. Lo único que coincide es el saludo: amable, sonriente, casi ensayado. Por eso le pregunto, y necesito que piense: ¿quién era? ¿Lo conoce? ¿Algún detalle, un nombre, lo que sea?
—Espere, déjeme pensar —dijo el testigo, cerrando los ojos como si intentara atraparlo en su mente. Su respiración se aceleró, y una gota de sudor resbaló por su nariz—. Era… mediano, creo. El bombín era oscuro… o quizás una gorra. Y la barba, recortada, o no sé, tal vez más larga.
López entrecerró los ojos, inclinando la cabeza apenas. El bolígrafo volvió a tamborilear, más lento esta vez. —¿Mediano en altura? —preguntó—. Dijo ‘no muy alto’ hace un rato. ¿Y ahora es una gorra? ¿Qué pasó con el bombín?
—No sé, se me mezcla —replicó el testigo, abriendo los ojos de golpe. Sus manos se alzaron en un gesto de impotencia, y la lámpara osciló levemente sobre él—. Puede ser una gorra, gris, como el saco. Pero el saludo, eso sí: me miró a los ojos, sonrió como si me conociera y dijo algo corto.
López dejó el bolígrafo en suspenso, el extremo rozando la hoja sin escribir nada. —¿Qué dijo? —insistió, su voz baja pero cortante.
—Algo rápido —murmuró el testigo, bajando la mirada. Sus dedos se retorcieron sobre la mesa, dejando marcas húmedas—. ¿Nos vemos? ¿Buen día? No sé, pero su voz era tranquila, segura.
El subinspector frunció el ceño, y una sombra cruzó su rostro curtido. —¿Tranquila? —repitió—. ¿Un tipo que roba un banco y suena tranquilo? ¿Y la barba, recortada o larga? Démelo claro.
—No estoy seguro —respondió el testigo, frotándose la nuca. El roce de su mano contra la piel hizo un sonido áspero—. Creo que corta… o larga. O quizás no tenía barba. No, sí tenía, creo. Pero lo de la gorra… o el bombín, eso lo recuerdo.
—Estupendo —dijo López con sarcasmo, dejando el bolígrafo sobre la mesa. Este rodó un poco antes de detenerse contra la hoja—. Un hombre calvo con bombín, o gorra, o nada, y una barba que aparece y desaparece. ¿Algo más? ¿Un tatuaje, un acento, un lunar?
El testigo alzó las manos, como rindiéndose ante una fuerza invisible. —Quizás un acento —balbuceó—. No sé de dónde. Y los zapatos… negros, o marrones, creo. Trato de ayudarlo.
López se masajeó las sienes, y el gesto dejó pequeñas arrugas temporales en su piel. —Está haciendo un trabajo espectacular —gruñó—. El saludo: ¿cómo fue exactamente? ¿Qué hizo con las manos además de agarrarle el antebrazo?
—Fue cálido —dijo el testigo, mirando al vacío. Sus ojos se perdieron en la luz polvorienta que colgaba del techo—. Me dio la mano derecha, fuerte pero no agresivo, y con la izquierda me tomó el antebrazo, así —hizo un gesto torpe, sus manos temblando ligeramente—. Y esa sonrisa… grande, rara, como ensayada.
López arqueó una ceja, y la sombra de la lámpara oscureció un lado de su rostro. —¿Ensayada? —preguntó—. ¿Qué tenía de raro esa sonrisa? Explíqueme sin darme rodeos.
—Es que no sé —respondió el testigo, encogiéndose. Sus hombros se hundieron, y la chaqueta se arrugó aún más—. Era… demasiado perfecta. Y sus ojos, oscuros… o claros, me miró fijo y se fue.
López anotó “sonrisa rara” en la hoja, apretando el bolígrafo hasta que sus nudillos palidecieron. —Ojos inciertos, barba dudosa, sombrero o gorra o nada. ¿Y el saco gris? ¿Algo en los bolsillos, un gesto?
—Gris, sí —asintió el testigo. Su cabeza se ladeó, como si intentara alinear un recuerdo—. O azul oscuro. No vi bolsillos. Caminaba sin prisa, eso me llamó la atención.
El subinspector dejó escapar un resoplido, y el aire agitó ligeramente el polvo sobre la mesa. —¿Sin prisa después de robar un banco? —López lo miró con incredulidad—. ¿Y no le pareció raro en el momento?
—No sé —admitió el testigo, bajando la voz. Su mirada cayó al suelo, y el tic-tac del reloj pareció amplificarse—. Pensé que era amable. Pero ahora que lo pienso, era raro, sí.
El testigo se hundió en la silla, pasándose las manos por el rostro. El sudor dejó un brillo húmedo en sus palmas, y su respiración se volvió pesada. —No lo recuerdo. Es como si lo tuviera aquí —se golpeó la sien—, pero las palabras no salen. Intento pensar… un zapato, un pantalón, su camisa, algo…
López soltó un gruñido bajo, y sus ojos se estrecharon hasta convertirse en rendijas. —¡Me dijo que llevaba una polera hace dos minutos! —cortó, su paciencia al borde del colapso.
—Lo sé, lo sé —respondió el hombre, alzando las manos en rendición. Sus dedos temblaron en el aire, atrapados en la luz mortecina—. Pero lo único claro es el saludo. Esa sonrisa… y el apretón de manos.
López tuvo un destello, un pensamiento fugaz, una corazonada que le cruzó la mente como un relámpago. Sus dedos, que hasta ese momento habían jugueteado con el bolígrafo mordisqueado, se detuvieron.
Sacó del bolsillo interior de su traje una lapicera dorada, vieja pero brillante, y comenzó a girarla entre sus dedos con aire casual, dejándola destellar bajo la luz de la lámpara mientras la mostraba sutilmente al testigo.
—¿Y ese saco que menciona? —preguntó, su voz más baja, casi un murmullo—. ¿Tenía algo particular en el bolsillo, algo que le llame la atención?
El testigo parpadeó, sus ojos atrapados por el brillo de la lapicera dorada que danzaba entre los dedos de López. Su ceño se frunció, y por un instante pareció que algo se encendía en su mirada
. —Sí… sí, tenía una lapicera dorada —dijo, asintiendo lentamente, como si el recuerdo acabara de surgir de la niebla—. En el bolsillo del saco, estoy seguro.
López lo miró fijamente, sus ojos como brasas en la penumbra.
El silencio se alargó, roto solo por el tic-tac del reloj, que parecía marcar el pulso de su frustración.
Luego, soltó el bolígrafo, que rodó hasta el borde de la mesa, y se puso de pie, haciendo crujir el suelo bajo sus zapatos gastados.
—Esto va a tomar todo el día. No se mueva de aquí.