Miré el fondo de mi patio sin atreverme siquiera a cruzar el límite de la puertecita. Podría haber prendido la luz, pero estaba petrificado por la negritud de ese abismo. Aquí, en mi propia casa, sentí cómo algún terror ancestral me llamaba desde el fondo de esa oscuridad.
Algo me estaba empujando y me aferré con fuerza a la reja; mis nudillos, ya blancos, las manos me ardían, y esa fuerza me traccionaba hacia su negritud.
Mi corazón se aceleraba y la sangre, agolpada en el cuello, me hacía transpirar. Pensé en ceder, pero el miedo había petrificado mis manos: ya no podía escapar. Eso venía por mí. Estaba perdido.
Casi en mi último aliento, un murmullo se repetía en mis oídos. Comenzaba a tomar fuerza, estaba cada vez más cerca. Cerré con fuerza los ojos.
—¡Vamos a comer, que se enfría la comida! ¿No me escuchás? Además tenés que hacer la tarea para mañana.
La tarea… lo había olvidado. Corrí a la cocina a comer rápido y terminar la tarea que tenía pendiente. Estar en cuarto grado exige responsabilidad.
Brian Flores
Algo me estaba empujando y me aferré con fuerza a la reja; mis nudillos, ya blancos, las manos me ardían, y esa fuerza me traccionaba hacia su negritud.
Mi corazón se aceleraba y la sangre, agolpada en el cuello, me hacía transpirar. Pensé en ceder, pero el miedo había petrificado mis manos: ya no podía escapar. Eso venía por mí. Estaba perdido.
Casi en mi último aliento, un murmullo se repetía en mis oídos. Comenzaba a tomar fuerza, estaba cada vez más cerca. Cerré con fuerza los ojos.
—¡Vamos a comer, que se enfría la comida! ¿No me escuchás? Además tenés que hacer la tarea para mañana.
La tarea… lo había olvidado. Corrí a la cocina a comer rápido y terminar la tarea que tenía pendiente. Estar en cuarto grado exige responsabilidad.
Brian Flores